martes, 5 de diciembre de 2017



Días de charco y diamantes

La lluvia no va a parar
hasta nuevo aviso,
el agua viene pareja después de mucho tiempo.
Pasa frente a la casa,
lleva la basura
que arderá en otra parte.

Nosotros miramos correr el agua,
ponemos las manos en forma de cuenco
cerramos los ojos
pedimos un deseo.
Lo envolvemos
en un triángulo de papel;
toma apariencia de barco
que se va a ir con la corriente.

Esta era, estos días
de charco y diamantes
van a quedarse conmigo.

No sé ni espero otra cosa.
Yo me arrojo
empujada por el brillo de las gotas,
que chocan, precisas, sobre el cauce del agua;
como los barcos de papel
que lentamente van a otro continente
sin saber ni esperar
una geografía
que condicione su rumbo.



Lo que hacemos con las manos mientras esperamos el arcoíris

Soy igual a vos, mamá,
me las arreglo con poco.
Cuando estoy sola
comer es fácil,
liviano,
los bocados pasan
con un rayo de sol
o mientras tiendo la ropa.
En ciertos momentos, una magia
hace lo suyo,
un resplandor
da forma a las sobras,
saca un brillito
a lo que nos pasa.
Veo un estado de cosas
y no sé qué hacer con eso
la mayoría de las veces,
pero tengo paciencia
y amor en cantidad
como para hacer dulce
o una casa.



De: Mientras esperamos el arcoíris (Lorena Isuani, 2017)



jueves, 2 de febrero de 2017

Reconstrucción



Esta es la imagen
de cuando la luz
nos hizo un surco en la cara
y no podíamos abrir los ojos
porque estábamos sintiendo la laguna adentro nuestro.
Era en la fiesta a la que no nos invitaron
pero igual fuimos como amigas del amigo
te acompañé o vos me acompañaste. Qué importa.

La memoria no tiene estructura narrativa
la situación inicial empezó
donde no sabemos
yo sólo recuerdo que
te dije con el cuerpo algo parecido a esto:
para mí el conflicto es no pensar cuando bailo
porque justo ahí me modifico. 

Esa madrugada
nosotras teníamos la remera pegoteada al pecho,
la campera colgando de la cartera
y hubiéramos seguido ahí moviéndonos hacia la melodía
porque el bolichito interior estaba encendido
como esas luces de colores
que colgaban de los clavos.
Pero qué importa la profundidad de lo que se mueve, de lo que está quieto
si al final cualquier fiesta es igual de torpe

alguien
prende la luz
y apaga la música como para siempre

Sin embargo,
cuando vos sacaste un par de chicles y la manteca de cacao
la claridad ya era anestesia
y el amigo del amigo gritaba una cumbia desde el sillón,
lo alumbraba el amanecer. Tenía las ojeras violetas
como un hígado
una uva.

Todo era despreciablemente bello. Vos y yo, también.
Los indicios estaban en las sandalias manchadas,
en el pelo revuelto,
no podíamos caminar hasta la puerta
y entonces
el desenlace fue el deseo
la teletransportación hasta la cama
la horizontalidad del cuerpo
las persianas apretadas

la oscuridad que tiene cualquier vuelta
cualquier surco cualquier poema
que no sabe a dónde va.